La glorificación de los excesos

La glorificación de los excesos

La moda renace en los años ochenta, se estabilizan la economía y la política globalmente. Las casas parisinas tradicionales como Chanel y Hermès recuperan su estatus privilegiado dentro de la industria y se origina un estética que comprende elementos conservadores, dentro de una honda expansiva de mujeres que ahora hacen parte de la fuerza trabajadora. Un diseñador francés se opone al cambio cultural, se rige por lo teatral y barroco.

Una década después de que el concepto del prêt-à´porter fuera apropiado por un arsenal de diseñadores asentados en las diferentes capitales del mundo de la moda, aparece una nueva ola de modistos con un enfoque pragmático. Las prendas minimalistas que encajaban en el nuevo estilo de vida de la mujer ejecutiva, idea impulsada por marcas como Donna Karan y Giorgio Armani que contrasta con la divergencia presentada en la misma época por Christian Lacroix, quién revolucionó las pasarelas de la alta costura parisina por medio de su estilo, constituido por el lujo desenfrenado.

Puede interesarte: The Beige Years of Vogue

Los años ochenta, una fase de la moda que como énfasis tuvo la practicidad de las prendas y que alababa la simplicidad logró abrir un espacio para Christian Lacroix, quién a pesar de tener un pensamiento opuesto es indudable que pudo triunfar ¿qué fue lo que convirtió su visión en un éxito? Y ¿qué recursos adoptó como inspiración para desarrollar una estética tan fácilmente reconocible? Prendas coleccionables hechas por el diseñador francés hoy se esparcen por museos e institutos que conservan indumentaria, trajes que parecen haber sido fabricados con el único motivo de ser admirados y que casi aseguran que vestir el cuerpo humano no es su función.

Conjuntos que permiten ver la infancia del francés en todo su esplendor, recopilan siluetas flamencas que hacen alusión a la vida provincial de su natal Arlés que tanto lo inspiró. Cuando todos los diseñadores creaban piezas para mujeres que para lo último que tenían tiempo era contemplar en como vestirse cada día, Lacroix, quién en sus primeros años como modisto trabajó en la casa Jean Patoulas decoraba con volúmenes que parecían provenir del siglo XIX. Sus siluetas, que en algunas ocasiones podían emanar cierto aire procedente de la casa Balenciaga, eran sumamente recargadas y teatrales. Este acercamiento se mantuvo constante desde sus primeras colecciones presentadas en 1987 hasta su última muestra en el año 2009. “Humor y parodia, kitsch y cliché. La ropa de Lacroix lo tenía todo. También poseía un estilo instantáneamente reconocible” relata Alexander Fury en uno de sus textos para la revista AnOther.

Su visión que parecía retroceder el tiempo se vio netamente influenciada por su amor a la memoria, no es gratuito que se haya inclinado por estudiar historia del arte en la universidad. Además, siempre sintió una fuerte conexión al pasado –al que prefiere llamar “el antes”–. Un panorama alimentado por cierta afición al mal gusto y a los rituales que envolvían la vida religiosa del lugar en el que creció. Christian Lacroix vio algo hermoso en lo inusual y decidió convertirlo en un espectáculo ceremonial, una feria en la que la estética barroca, producida por medio de métodos artesanales, fue la protagonista.

Imagen: Colección de muebles de Lacroix para Sici.

No Comments

Post A Comment